Estuve feliz como la vida misma, adorada y querida por
todos. La única niña de la familia, la única nieta, tanto como para mis abuelos
paternos, como para mis abuelos maternos, y la única sobrina para mis únicos tíos.
Tuve todo lo que quería y más. Tanto como en navidades como
en mis cumpleaños, recibía muchos regalos, pero aun así, supieron enseñarme a
no ser una niña malcriada, ni caprichosa.
Me han enseñado a valorar las cosas sencillas de la vida,
como por ejemplo que aunque no tengan valor monetario, si lo tengan espiritual.
Me hacen más ilusión las cosas sentimentales, como por ejemplo, un escrito de
mi madre a que me compre un reloj.
Mis abuelos me dieron muchísimo cariño, me cuidaron como una
princesa, me daban de comer lo que más me gustaba, aunque yo era bastante mala
comedora y sufrían por ello. Mi abuela paterna, me daba el biberón en mi
habitación, en la cual al levantar la persiana, se veía la virgen de Guadalupe
y ella, cuando yo iba por la mitad del biberón y no quería más, miraba hacia el
santuario de Guadalupe y rezaba para que yo lo terminara. Así, para poder darle
la alegría a mi madre cuando viniese de trabajar.
Tengo muy buen recuerdo de estos años en casa ya que la
familia, es una parte muy importante en estos primeros años de vida.
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